Desde cuidar hermanos y cocinar hasta hablar un idioma que sus padres no comprenden, muchos estudiantes migrantes —especialmente haitianos— viven una realidad distinta dentro y fuera del aula. Pese a las barreras, la escuela se ha transformado en un refugio de aprendizaje y encuentro cultural.
No todos los niños llegan a clases con la mochila cargada solo de cuadernos. Algunos lo hacen con una historia familiar que los obliga a madurar antes de tiempo. En colegios como el Víctor Jara, de Estación Central, los estudiantes migrantes —en su mayoría haitianos— asumen en sus hogares responsabilidades de adultos: cuidan a sus hermanos menores, limpian, cocinan y ayudan a sus padres, muchas veces ausentes por largas jornadas laborales.
“Los niños haitianos tienen un nivel de autonomía que impacta. Ellos asumen tareas que otros alumnos de su edad no tienen”, comenta Inés Tapia, profesora de matemáticas del establecimiento. “Incluso en vacaciones, muchos de ellos piden venir a los talleres que organizamos en el colegio, porque estar en la casa implica trabajo”.
La escuela, entonces, se convierte en un espacio de respiro. No solo porque ofrece educación, sino porque representa un lugar de cuidado donde pueden ser simplemente niños.
Lenguaje, cultura y mediación
Pero la integración no ha sido fácil. Uno de los principales obstáculos sigue siendo el idioma. Aunque muchos estudiantes haitianos nacieron en Chile y dominan el español, sus padres no siempre lo hablan.
Ahí es donde cumple un rol clave Sylvestre Valcín, profesor haitiano contratado por el colegio Víctor Jara como traductor y mediador. Con conocimientos en creole, español, francés e inglés, Valcín se ha convertido en el puente entre la comunidad educativa y las familias haitianas.
“A veces, los niños entienden todo, pero los apoderados no. Entonces yo soy quien explica las reuniones, los informes o las actividades”, cuenta desde la sala de profesores.
“Es una presión tener cinco o seis alumnos por curso que no hablan español. Es frustrante para ellos, y uno como profesional tiene que encontrar la forma en que puedan incluirse”, agrega.
Una sala de clases con muchas banderas
Lejos de negar o esconder las diferencias culturales, el colegio ha optado por integrarlas activamente en su vida escolar. En las celebraciones de Fiestas Patrias, además de cuecas y empanadas, también hay bailes típicos de Venezuela, República Dominicana, Colombia y Haití. Las ferias culturales y gastronómicas son otro momento clave, donde los estudiantes y sus familias comparten sabores, historias y música.
“El mensaje que queremos dar es que no venimos a imponer una sola forma de ser chileno. La multiculturalidad es algo que se vive, no que se tolera desde lejos”, comentan desde la dirección del establecimiento.
En un contexto donde el Estado aún no entrega las herramientas necesarias para formar docentes en interculturalidad ni recursos diferenciados para enfrentar la diversidad cultural, son las propias comunidades escolares las que han tenido que encontrar sus fórmulas de convivencia y respeto mutuo.
Y en ese camino, las costumbres migrantes no son una barrera: son parte de la riqueza que hoy compone el aula chilena.
